sábado, 23 de enero de 2016

¿Lo hizo para salvarnos?

Hola, dejo esto por aquí que lo he escrito para un trabajo de léngua y literatura y la verdad es que me ha gustado el resultado.
Atte: Alejandro Cordero.

¿Realmente lo hizo para salvarnos?

Si estás leyendo esto mi nombre poco importa, y mi historia depende de la persona, poco más. Si necesitado estas de dar nombre a esta historia puedes llamarme Ulises, porque lo que vas a leer a continuación es una auténtica Odisea. Todo comienza difusamente en una secta, empujada por mis “padres” sin preguntarme antes siquiera si yo estaba feliz con tal decisión, pero ¿qué importancia tiene eso? ¡los caminos del señor son inescrutables!

Veamos, dejemos a un lado mis orígenes y centrémonos en el acto; total, podríamos decir que yo nunca he tenido progenitores. […]

Y ahí estaba otra vez, rezando como quien reza antes de romper un plato, como quien pide perdón antes de asesinar a alguien, o como el que se disculpa de su esposa antes de golpearla. Terminada la oración matutina propone continuar con su sadismo:
- ¡Lula ven, vamos a jugar! (cada vez que oía ese nombre mis oídos sentían necesidad de estallar).
No pensaba contestar, hacía mucho tiempo que sabía de qué se trataba ese “juego”. El mismo energúmeno con cruz en cuello y caramelo en mano esperó hasta mi aproximación para sacar su “arma” de la sotana a colación; si quería comer tenía que dispararla, aunque más que una pistola parecía un revólver de cañón corto, muy corto. No voy a entrar en detalles, al menos no esta vez; si me “comportaba” tenía la posibilidad de salir sin un rasguño de aquel juego enfermizo. […] Esta vez había sido rápido, más de lo normal (que ya es decir), así que una vez terminó la tortura me ofreció el caramelo y una ducha de agua templada. Mientras me encontraba casi lijando mi piel, para limpiar toda esa suciedad psicológica que cargaba sobre mis hombros, conseguí vislumbrar algo que casi con total seguridad era mi llave de salida, sólo necesitaba una cosa: romper un espejo. Ese día acabaría muy malherida, no sólo por los cortes, sino por lo que me esperaba. Rompí el cristal, cogí mi “llave”, aferrándola fuertemente con mi puño izquierdo. Esperé asustada las consecuencias. No miento si digo que en aquella ocasión casi me mata; una vez terminó la fase de “domesticación” (como si de un animal de circo me tratase), me levantó de los hombros y me devolvió a aquel lugar penumbroso. Una vez dentro tardé unos segundos en adaptar mi vista y reflexionar en cómo abriría el candado que me separaba de mi libertad.


Tras unas semanas siendo mal alimentada y debatiéndome entre la vida y la muerte, finalmente me recuperé físicamente de aquella paliza. Llegó el día de mi liberación, era hora de poner en marcha mi macabro pero eficiente plan. Iba a tener una sola oportunidad. Ahí estaba, postrado de rodillas recitando la oración matutina antes de poner en práctica su asqueroso “juego”, pero esta vez era yo la que iba a tomar la iniciativa.
Me acerqué a él y esperé a que se sentase en el banco donde siempre comenzaba y acababa todo. Una vez sentado en su trono de depravación me aproximé todo lo que pude antes de que pudiese decir nada, posicionando mis codos sobre su regazo, mientras me situaba sobre mis rodillas.
+ Padre... he pecado. -Dije con una aparente mueca de tristeza, sin poder estar más alegre-.
- Ave María Purísima... sin pecado concebida. ¿Qué te ocurre hija mía? -Trataba de disimular su sonrisa y felicidad, al parecer eso era una fantasía suya desde hacía mucho tiempo-.
+ No he seguido todas las indicaciones de los caminos de El Señor. -Dije mientras me iba levantando y acercaba una mano a su pecho-.
- El Señor es omnibenevolente... si haces lo que te digo te perdonará y acogerá en sus celestiales tierras.
+ ¿Cómo qué... padre?
Dije mientras me sentaba sobre el regazo del tipo de la sotana, lo rodeaba con mi brazo izquierdo por los hombros, y llevaba mi mano derecha con un cuidadoso movimiento hasta la parte trasera de mis harapos, donde en un bolsillo guardaba la “llave”. Acto seguido me aproximaba a los labios de este señor y comenzaba a jugar con pequeños besos, y una vez él cerró los ojos, me limité a buscar el candado de mi “llave” tras un largo beso que disfruté muchísimo. Un rápido movimiento cayó sobre mi agresor, la espada de Damocles encontró por fin a su Dionisio. La llave era un afilado cristal, el candado era la sangre que brotaba del cuello de “él”. No podía parar de mirarle a los ojos, ni de forcejear, ni tampoco parar ese beso. Su respiración llenaba mi boca, su desesperación hacía que mi adrenalina regurgitase por toda mi cabeza, cada pelo de mi cuerpo se erizó cual lanza espartana, y finalmente, su sangre empapó el altar dando fin al juego del que yo una vez fui la esclava, pero acabó conmigo como la reina y con él como la marioneta. No me arrepiento, era él o era yo, ya me iba haciendo “vieja”, comenzaban a ennegrecerse mi vello, y eso no le gusta a aquellos que quieren monaguillos jóvenes.


Ahora sólo tengo que buscar a aquellos que dejaron que esto fuera posible y que no tomaron medidas para volver a encontrarme, entonces, y sólo entonces habré recuperado mi honra y dignidad.


¿Realmente lo hizo para salvarnos? Sin él no habría existido religión. Y si realmente lo hizo para salvarnos, harán falta diez Jesucristos más para limpiar todo este pecado.